Albán, Requesens, Gómez Saleh …
Hugo Delgado
La madrugada del 14 de julio de
1989, los cuatro héroes de la revolución,
El general Arnaldo Ochoa, el coronel Antonio de la Guardia, el mayor
Amado Padrón y el capitán Jorge Martínez, fueron fusilados por órdenes expresas
del dictador cubano y amigo, Fidel Castro. “En un régimen como el
cubano resulta muy difícil creer que el general Ochoa estuviera actuando sin el
conocimiento de más altas jerarquías del país”, escribía en su editorial “Al
amanecer” el diario El País aquella fatídica mañana.
Durante el juicio, eran notables
las condiciones psicomotrices (usaron drogas para que aceptara las culpas) del general
Arnaldo Ochoa, el condenado más notable por sus grandes hazañas interventoras
en Angola y Etiopia. A su regreso de la aventura africana se convirtió en el contrapeso del amo y señor
de la isla, Fidel Castro, y obtuvo la acostumbrada recompensa a su osadía: la
muerte. En esa tenebrosa telaraña cayeron
Ernesto Che Guevara y Camilo
Cienfuegos (por cierto jefe de la columna a la cual se había vinculado el
defenestrado militar en su época de guerrilla). Otros tuvieron “la suerte” de
la cárcel, la tortura y el destierro,
como el comandante Hubert Matos.
¿Hay alguna diferencia de las prácticas que hacen los cubanos y los cuerpos de seguridad chavistas,
justificados plenamente por el Fiscal General, Tarek William Saab,
en los casos de Juan Requesens
(Primero Justicia), del asesinato del
concejal Fernando Albán (PJ), luego de sus denuncias en la Organización de las
Naciones Unidas, o el del estudiante entregado por el gobierno
colombiano de Juan Manuel Santos, Lorent Gómez Saleh?
No. Es el modus operandi de la dictadura cubana y puesta en práctica
por el régimen del ilegítimo Nicolás Maduro en Venezuela. Sin escrúpulo alguno
y ensañamiento extremo, los sociópatas del régimen profundizaron la estrategia de sembrar el
terror, utilizando el aparato represor y
los poderes legislativo ( Asamblea Nacional Constituyente) y Judicial,
para cerrar con “broche de oro” la legalidad de sus actos, y mostrar ante el
mundo un gobierno democrático, con
separación de poderes, defendiéndose de
los enemigos externos que intentan derrocarlos, sin reconocer que su ineptitud
y corrupción son los causantes de la gran crisis humanitaria nacional.
De algo están seguros, Fidel y su heredero y hermano,
Raúl Castro, aprendieron bien la lección histórica de “manejar los tiempos y las reacciones de las
democracias occidentales”. Ante los ojos del mundo el fusilamiento de los
cuatro militares sirvió para limpiar la imagen de cómplice del Cartel de
Medellín, pero como lo decía el
editorial de El País, si esa relación existía era muy difícil que el amo de la
isla no la supiera. Cuando le pidieron una prueba, entregó la cabeza de su
competidor más cercano, el general Ochoa, y ante la comunidad internacional se
catapultó como el justiciero.
En Venezuela ocurre lo mismo.
A Juan Requesens, utilizando la tortura y drogas, le filmaron un video acusando a varios
dirigentes de la oposición que deben
eliminarse y a gobiernos cómplices. Lo peor es el respaldo de una cuadrilla de
comunicadores sociales y líderes del
dedo, desde Miami, se han prestado para
aniquilar a quienes no les simpatizan, porque desde su comodidad del exilio
impulsan a ciertos personeros en detrimento de otros, buscando una salida
sesgada y egoísta.
Tortura, drogas, exilio, presión psicológica, encarcelamientos y juicios con expedientes viciados, cuerpos
de seguridad, jueces y fiscales corruptos, forman el complejo andamiaje que le
permite al régimen mostrar una faceta de legalidad y de respeto al Estado de
Derecho. Los Castro saben que eso le gusta a las democracias occidentales, en
especial a los burócratas diplomáticos latinoamericanos, que luego de un tiempo
olvidan los hechos, manteniendo diálogos estériles que no llevan a ninguna
parte.
Acaso los Castro no lo han hecho
durante cinco décadas de violación de los derechos humanos, de intervenciones
violentas en el continentes, muertes masivas
provocadas por sus guerras insurreccional a lo largo y ancho del continente, y
qué ha pasado. Nada. Siguen en el poder, con unos exilados en Florida viviendo
de los beneficios del gobierno de los Estados Unidos, más interesados en evitar
la salida del comunismo habanero para no perder sus privilegios.
Encerrada en su propio laberinto,
con venezolanos más preocupados por huir de su realidad o esperando una dádiva del gobierno, que en trabajar
para resolver los problemas
estructurales que han permitido conducir al país hacia el abismo, Venezuela
camina sin rumbo, en medio de la
incertidumbre y la desconfianza; a la
espera de una mano solucionadora de sus grandes asuntos. Con una dirigencia más
preocupada por sus negocios (no importa el color del socio) e intereses
políticos particulares, que por construir una nación diferente a la rentista.
Qué país puede construirse cuando sus egresados
universitarios están más preocupados por graduarse e irse a otro país. O
profesores interesados en hacer robustos currículum vitae para competir en el
exterior. O con políticos corruptos que saquean las arcas públicas para
llenar sus cuentas en paraísos fiscales,
sin importar las consecuencias humanas
de sus actos, y luego de manera enfermiza escudan,
en un falso nacionalismo, sus oscuros intereses. O un gobierno que
entrega su soberanía y recursos a Cuba, China, Rusia, mineros ilegales que devastan grandes
extensiones del territorio, narcotraficantes y grupos terroristas.
Lo ocurrido en Venezuela es
producto de su propia historia. Es su gente la responsable de lo sucedido y
está en sus manos las soluciones. Eso implica asumir con responsabilidad el
destino de la nación, cambiando conductas en todos los escenarios de la vida
nacional. Empresarios, universidades, sociedad civil, políticos, militares,
grupos religiosos, etc, están ante el
compromiso de pensar el país, asumir la acción política como necesaria y comprometerse en esa gran gesta
transformadora.