domingo, 4 de noviembre de 2018


Albán, Requesens, Gómez Saleh …


Hugo Delgado

La madrugada del 14 de julio de 1989, los cuatro héroes de la revolución,  El general Arnaldo Ochoa, el coronel Antonio de la Guardia, el mayor Amado Padrón y el capitán Jorge Martínez, fueron fusilados por órdenes expresas del dictador  cubano y  amigo, Fidel Castro. “En un régimen como el cubano resulta muy difícil creer que el general Ochoa estuviera actuando sin el conocimiento de más altas jerarquías del país”, escribía en su editorial “Al amanecer” el diario El País aquella fatídica mañana. 

Durante el juicio, eran notables las condiciones psicomotrices (usaron drogas para que aceptara las culpas) del  general  Arnaldo Ochoa, el condenado más notable por sus grandes hazañas interventoras en Angola y Etiopia. A su regreso de la aventura africana  se convirtió en el contrapeso del amo y señor de la isla, Fidel Castro, y obtuvo la acostumbrada recompensa a su osadía: la muerte. En esa tenebrosa telaraña cayeron  Ernesto Che Guevara y  Camilo Cienfuegos (por cierto jefe de la columna a la cual se había vinculado el defenestrado militar en su época de guerrilla). Otros tuvieron “la suerte” de la cárcel, la tortura y el destierro,  como el comandante Hubert Matos.

¿Hay alguna diferencia  de las prácticas que hacen los cubanos  y los cuerpos de seguridad chavistas, justificados plenamente por el Fiscal General, Tarek  William Saab,  en los casos  de Juan Requesens (Primero Justicia), del  asesinato del concejal Fernando Albán (PJ), luego de sus denuncias en la Organización de las Naciones Unidas,  o el  del estudiante entregado por el gobierno colombiano de Juan Manuel Santos, Lorent Gómez Saleh?

No. Es el modus operandi  de la dictadura cubana y puesta en práctica por el régimen del ilegítimo Nicolás Maduro en Venezuela. Sin escrúpulo alguno y ensañamiento extremo, los sociópatas del régimen  profundizaron la estrategia de sembrar el terror, utilizando el aparato represor y  los poderes legislativo ( Asamblea Nacional Constituyente) y Judicial, para cerrar con “broche de oro” la legalidad de sus actos, y mostrar ante el mundo un gobierno democrático,  con separación de poderes,  defendiéndose de los enemigos externos que intentan derrocarlos, sin reconocer que su ineptitud y corrupción son los causantes de la gran crisis humanitaria nacional.

De algo  están seguros, Fidel y su heredero y hermano, Raúl Castro, aprendieron bien la lección histórica de  “manejar los tiempos y las reacciones de las democracias occidentales”. Ante los ojos del mundo el fusilamiento de los cuatro militares sirvió para limpiar la imagen de cómplice del Cartel de Medellín, pero  como lo decía el editorial de El País, si esa relación existía era muy difícil que el amo de la isla no la supiera. Cuando le pidieron una prueba, entregó la cabeza de su competidor más cercano, el general Ochoa, y ante la comunidad internacional se catapultó como el justiciero.

En Venezuela ocurre  lo mismo.  A  Juan Requesens,  utilizando la tortura  y drogas, le filmaron un video acusando a varios dirigentes de la oposición  que deben eliminarse y a gobiernos cómplices. Lo peor es el respaldo de una cuadrilla de comunicadores sociales y  líderes del dedo, desde Miami,  se han prestado para aniquilar a quienes no les simpatizan, porque desde su comodidad del exilio impulsan a ciertos personeros en detrimento de otros, buscando una salida sesgada y egoísta.

Tortura, drogas, exilio,  presión psicológica, encarcelamientos  y juicios con expedientes viciados, cuerpos de seguridad, jueces y fiscales corruptos, forman el complejo andamiaje que le permite al régimen mostrar una faceta de legalidad y de respeto al Estado de Derecho. Los Castro saben que eso le gusta a las democracias occidentales, en especial a los burócratas diplomáticos latinoamericanos, que luego de un tiempo olvidan los hechos, manteniendo diálogos estériles que no llevan a ninguna parte.

Acaso los Castro no lo han hecho durante cinco décadas de violación de los derechos humanos, de intervenciones violentas en el continentes, muertes  masivas provocadas por sus guerras insurreccional a lo largo y ancho del continente, y qué ha pasado. Nada. Siguen en el poder, con unos exilados en Florida viviendo de los beneficios del gobierno de los Estados Unidos, más interesados en evitar la salida del comunismo habanero para no perder sus privilegios. 

Encerrada en su propio laberinto, con venezolanos más preocupados por huir de su realidad o esperando  una dádiva del gobierno, que en trabajar para  resolver los problemas estructurales que han permitido conducir al país hacia el abismo, Venezuela camina  sin rumbo, en medio de la incertidumbre y  la desconfianza; a la espera de una mano solucionadora de sus grandes asuntos. Con una dirigencia más preocupada por sus negocios (no importa el color del socio) e intereses políticos particulares, que por construir una nación diferente a la rentista.

Qué país  puede construirse cuando sus egresados universitarios están más preocupados por graduarse e irse a otro país. O profesores interesados en hacer robustos currículum vitae para competir en el exterior. O  con políticos  corruptos que saquean las arcas públicas para llenar sus cuentas en paraísos  fiscales, sin importar las consecuencias  humanas de sus actos, y luego de manera enfermiza  escudan,  en un falso nacionalismo, sus oscuros intereses. O un gobierno que entrega su soberanía y recursos a Cuba, China, Rusia,  mineros ilegales que devastan grandes extensiones del territorio, narcotraficantes y grupos terroristas.

Lo ocurrido en Venezuela es producto de su propia historia. Es su gente la responsable de lo sucedido y está en sus manos las soluciones. Eso implica asumir con responsabilidad el destino de la nación, cambiando conductas en todos los escenarios de la vida nacional. Empresarios, universidades, sociedad civil, políticos, militares, grupos religiosos, etc,  están ante el compromiso de pensar el país, asumir la acción política como necesaria  y comprometerse en esa gran gesta transformadora.

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